No soy de aquí, ni soy de allá. Desarraigo… ¿Crisis y oportunidad?

Por Silvina Fernández

Cuando alguien que no me conoce me pregunta ¿De dónde sos? Aún hoy, después de tantos años, siento que ni soy de aquí, ni soy de allá. Eso es algo que con mucha frecuencia nos pasa a aquellos que decidimos por diversos motivos dejar nuestro lugar de origen y echar raíces en otro sitio.

Meter la vida en una valija, abrirla y comenzar una nueva… Así de simple y de complejo es eso que llamamos Desarraigo, un proceso que inicia desde el instante en el que se comienza a pensar en un lugar nuevo para vivir. Como todo proceso, implica hacer un duelo por aquellas cosas que tanto queremos y que ya no van a formar parte de nuestra cotidianidad: lugares, rutinas, personas, olores, celebraciones…..y podría seguir nombrando tantas! Pero también conlleva una dosis de adrenalina, de lo desconocido, de la aventura, de aquello por descubrir y una incertidumbre con la que a veces estamos más o menos seguros de hacer frente. Y en eso a veces puede residir la diferencia entre que se transforme en una crisis o una oportunidad.

Qué potenciar del lugar nuevo a habitar? Qué cosas poder encontrar allí que tengan que ver con mi historia? Qué cosas nuevas puedo o me gustaría hacer? Qué posibilidades tengo? Son preguntas que nos pueden ayudar a afrontar esta experiencia. Porque como sabemos, la rueda gira y aquello que nos llevó allí es sólo un área de nuestra vida, necesitamos hacer algo también con el resto.

Arduo trabajo, pero no un imposible. Sentirse parte, sin dejar por completo de tener el corazón dividido en dos y pasarlo lo mejor posible mientras vamos armando el rompecabezas que implica iniciar una nueva vida.

¿Qué emociones es frecuente que experimentemos?

Entusiasmo: Al estar en una ciudad nueva, probablemente muy diferente de la que somos oriundos y con mil cosas para hacer es francamente muy tentador, las luces encandilan y cómo!!! Mantener el entusiasmo inicial a veces es prácticamente imposible, ya que luego pasa a formar parte de lo cotidiano, por el proceso de habituación; pero una buena cuota de esta emoción inicial es preciso conservar para poder descubrir y redescubrir este nuevo hábitat.

Miedo: Es otra emoción esperable que aflore. Podemos experimentar temor a la adaptación a la ciudad, su gente, sus costumbres y peligros; como temer al futuro, al desempeño laboral o académico, al devenir de las relaciones interpersonales. Como todas las emociones es importante que aparezca y cumple una función, cuando es exacerbada es donde tenemos que estar atentos para no paralizarnos. Voracidad: Esas ganas absolutas de hacer todo en las primeras semanas, visitar y conocer todos los sitios de interés, todos los rincones de la facultad, hacernos amigos de inmediato, las calles, los medios de transporte, en fin todo… Graduar esta voracidad es clave para hacer un camino más real y tener siempre un objetivo, una meta delante.

Ansiedad e incertidumbre: Otras emociones que son fieles al desarraigo. Además de ser adaptativas y permitirnos estar alertas, estas emociones suelen acompañar el proceso de estar y aprender a vivir en un nuevo lugar. Son muchos los estímulos, los nuevos movimientos, tanto grandes como pequeños (desde dónde comprar la comida, pasando por cómo viajar, hasta qué manera encuentro para estudiar mejor) que tenemos por aprender y todo ello puede resultar abrumador si no vamos paso por paso y permitiéndonos momentos de mayor vulnerabilidad que otros.

Tristeza: Como la mayoría de las emociones no la podemos controlar, puede ocurrirnos algo desagradable que nos hace sentir tristes, que puede estar relacionado a ciertas expectativas que no se cumplieron o a diversos motivos. Lo importante no es luchar contra ella, si no encontrar la mejor forma de poder estar con ella, tolerarla y modificar lo que hacemos a partir de eso. Es decir, no es tan productivo por ejemplo, quedarnos a llorar en casa porque no logramos tener un grupo de pertenencia, pero podemos revertir eso haciendo algo, buscando otros grupos de apoyo, en deportes, hobbies, cursos, instituciones espirituales o barriales que nos permitan sentir que formamos parte, que nos vamos incluyendo un poco más al lugar al que elegimos para vivir.

Melancolía y soledad: Para algunas personas los domingos son difíciles. No sólo porque se acerca el lunes y hay que retomar obligaciones, sino también porque muchos no tienen una familia o una red en el nuevo lugar para sostener esos momentos de por sí más “bajoneros”. Si se experimenta esto muy frecuentemente es importante hacer planes de antemano, prevenir que esto puede suceder y estar atentos a incorporar rutinas donde se incluyan hábitos de recreación y satisfacción que puedan mitigar este sentimiento o al menos posibilitar que un domingo o un día melancólico, no sea puramente negro. Así como también intentar estar acompañados de personas significativas en los momentos de mayor vulnerabilidad.

Esta y muchas otras están presentes en el inicio y en el proceso de irse de casa y experimentar una nueva vida. Sería imposible plasmar aquí todas ellas. Todo cambio conlleva este tipo de emociones y es saludable que estén presentes, puede que lidiar con ellas sea más simple o más complejo según el momento y es esperable que por un tiempo tengamos la sensación de estar en una montaña rusa emocional. Cuando son lo único que nos gobierna o cuando su intensidad involucra todas las áreas de nuestra vida y se nos hace muy difícil estar sin ellas, es donde tenemos que estar más atentos y pedir ayuda.

Propongo mirar al desarraigo como una oportunidad para crecer, con todo lo que ello implica perder también. Y acompañar a aquellas personas que están transitando esta experiencia y se sienten solas en lo que están vivenciando. Es enriquecedor poder tener otra mirada.

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