Mitos y verdades del psicoanálisis

Por Julián Ferreyra

Argentina es el país con más psicoanalistas del mundo. Pero también con mayor cantidad de pre-conceptos positivos y negativos sobre lo que sucede en el consultorio.

Los que vivimos en Buenos Aires, habitamos una ciudad que es hoy en día más psicoanalítica que París, Viena o Nueva York.

El porqué de este curioso dato ameritaría un capítulo aparte (incluso una biblioteca llena de literatura de la historia del psicoanálisis aparte). Lo cierto es que este medio (Buenos Aires pero también la ciudad de Rosario y otras) posee centros especializados de formación, instituciones, cursos, posgrados; revistas, libros, librerías. Y, por supuesto, también analistas.

Todos estos elementos no sólo abundan, no es sólo un dato cuantitativo: hay un discurso, una identidad y unos saberes que conforman un submundo, que a veces deviene en mundillo, en un círculo cerrado y también muy elitista.

Nos proponemos, por un lado, destronar a esos actores y sitios en donde se promulga, de manera muy eclesiástica y ortodoxamente anti-popular (en el sentido cuantitativo pero también en el sentido político) un psicoanálisis refractario, un mundillo imposible de atravesar. Y, por otro lado, buscamos brindar algunas líneas de sentidoque puedan servir para pensar y pensarnos desde un sitio muchas veces diverso a los sentidos comunes tan chatos y dañinos que los dispositivos técnicos y comunicacionales nos imprimen. Para esta empresa no se nos ocurre otra cosa que ciertas humoradas, expuestas en algunos estereotipos.

Estereotipos que, como cualquier imaginario o representación social, instituyen arbitrariedades, exageraciones e ironías pero, también, algo parecido a una verdad.

1. “conócete a ti mismo”

Jacques Lacan empezó alguna de sus conferencias promulgando ante su auditorio de manera irónica que el que creyera que podría conocerse a sí mismo a través del psicoanálisis se tenía que ir y dedicarse a otra cosa. Lo cierto es que hoy día existen cientos, miles de promesas “curativas” con esta consigna: terapias alternativas, cursos, auto-ayuda…

Si el "conócete a ti mismo" sirve para afirmar algo del orden del “yo soy así” estamos fritos. Nada más lejano a una curación, a un aplacamiento del padecimiento subjetivo o del dolor de existir que quedar fijado, coagulado y detenido en una afirmación, en un sentido medio exportado que nos atrapa. Y complicado esto, decimos, ya que si uno es así, y no va a cambiar nunca, no tenemos ni un atisbo de responsabilidad subjetiva frente a lo propio ni tampoco nada que nos pudiera conducir a algún tipo de reposicionamiento, a cierto acto genuino. Sirve esto, sí, para que estos muchachos chantapúfetes se llenen los bolsillos.

2. el psicoanalista no habla [es mudo] y tampoco da consejos

Muchas personas han tenido la siguiente experiencia: encontrarse en un análisis hablando solo, horas y horas, teniendo enfrente (o en la nuca) una presencia más parecida a un muerto que a un analista. Dos cosas muy claras al respecto: una cosa es ser mudo y otra cosa es un silencio.

Un silencio puede ser una intervención válida, que permita a quien está allí poder hablar. Ser mudo es otra cosa: indica más bien una incapacidad, un no estar a la altura del análisis.

Y luego: "el analista no da consejos…". Cuestión falsa, ya que si bien no se debería ubicar en un lugar igual a la de cualquier semejante (amigo, familiar, pareja o el lugar de esos gurúes recién mencionado) es falso que no pueda operar bajo cierta sugestión.

Es decir, si por ejemplo un adolescente en tratamiento está a punto de incurrir en una situación de riesgo, es claro que allí cualquier analista bien parado podrá quizás prohibir o sugerir un camino, una decisión que no traiga aparejada algún tipo de situación de vulnerabilidad para el mencionado muchacho o muchacha. Una intervención puede sonar en forma de consejo. La gran diferencia está desde dónde se dice, la enunciación, y no en qué se dice, el enunciado. Un analista, entonces, no es un gurú, un mentor, un consejero: no es él quien porta algo parecido a una verdad, a una revelación, ni tampoco encarna el deber ser o el ideal.

3. “cuénteme de su infancia”

Esto no es del todo falso…cualquiera sabe que el psicoanálisis está íntimamente relacionado con la posibilidad de pensar cierta causación del malestar o del síntoma en lo más profundo del entramado infantil: complejo de Edipo y demás cuestiones. Pero lo que sí roza lo mítico es pensar que ante cualquier cuestión que uno comentara en análisis el analista iría a relacionarlo con tal aspecto del pasado profundo de cada quien. Esta es una imagen que roza el ridículo y la parodia: alguien dice que está resfriado y el analista le responde “por algo será…pensemos en tu padre”.

Podemos pensar mejor esto diciendo simplemente que el “cuénteme de su infancia”, enunciado desde diversos lugares, implica la invitación a que el paciente pueda historizar, buscar en su historia algún nexo con lo que le sucede hoy día, en su actualidad.

4. ¿Para qué sirve el diván?

No es un objeto decorativo o suntuoso porque sí. No sólo es comodidad o signo de cierta excentricidad…

Freud básicamente lo justifica diciendo que se le tornaba imposible mantener la mirada con las personas durante ocho o más horas diarias. Aunque detrás de esto también había otras cosas, subyacentes, que trataremos de transmitir. La mirada importa, y mucho. Ser-mirado, buscar algo en la mirada del otro, ante lo que le decimos, es de todos los días y de cualquier tipo de relación humana. ¿Cómo, entonces, no quedar medio pegado a esa mirada de alguien, al que encima le suponemos un saber sobre lo que nos pasa? ¿Cómo empezar a hablar de uno, hablar más allá de la cáscara cotidiana, asociar libremente y deslizarse hacia lo inconciente teniendo a otro mirándonos? Otro que obviamente tiene emociones, se sorprende, gesticula…

De ahí que no sea algo recomendable desde el punto de vista técnico y teórico la acción de acostar a alguien (con todas y cada una de las acepciones que imaginamos) muy prontamente o incluso en un primerísimo momento. Requiere un trabajo, una acción inaugural someter a un paciente al pasaje a diván ya que, básicamente, escenifica el momento inicial del dispositivo analítico, lo inaugura. Entonces, se requiere de algún primer atisbo, una palabra que se sustraiga del habla cotidiana (del llamado bla-bla) e inaugure a esa persona en tanto analizante (posición y nombre diametralmente distinto al de paciente).

5. "si no tiene al menos una polera, no es psicoanalista"

No mucho que decir al respecto… digamos simplemente que no es condición suficiente, obviamente, para llegar a ser un analista…pero que los hay, los hay.

6. Estar en análisis no es estar en un spa

El psicoanálisis nos confronta con lo más propio del ser, con algo parecido a una verdad; con los peores fantasmas, con lo inexorable de la existencia, con nuestras formas de gozar, desear y padecer. Posición incómoda, claro está. Requiere esfuerzo, y trabajo para destronar todos los reaseguros, aguantar ser preguntado y cuestionado en lo que hasta ese momento resultaba parecernos un hecho incuestionable. Idealizaciones, imágenes, escenas y certezas que quizás dejen de tener el mismo estatuto, hasta verse muchas veces destronadas. Maneras de gozar y de no afrontar las cuestiones que se repiten que, quizás y con algo de suerte, puedan ser puestas en cuestión, puedan ser leídas como un síntoma analítico y así poder ser intervenidas, pensadas, curadas.

Requiere básicamente darse un tiempo, confrontarse consigo mismo un tiempo. Esto, en tiempos en los cuales el tiempo, valga la redundancia, está tan cargado de valor; un tiempo que ya no sólo es dinero.

Quizás por esto, por el tiempo, emerjan tantas “terapias breves”, “focalizadas”, para tratar “los problemas actuales”. Ante esto, pensamos: ¿se puede mover un ropero con un solo dedo y en diez segundos? Quizás por eso demande de tanto el hecho de estar en análisis.

Por Julián Ferreyra

@FerreyraJulian

Artículo publicado en Opinión Sur Joven, julio 2012.

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