Las mujeres y sus problemas afectivos

Por Tamara Saúl

Una mirada desde el psicoanálisis

“Las mujeres no saben lo que quieren, son todas histéricas y aunque digan lo contrario son iguales a sus madres”, es una frase que suele repetir muchos hombres. Una psicóloga describe desde el psicoanálisis qué les pasa a las mujeres histéricas y por qué les cuesta tanto encontrar lo que realmente desean.

En esta nota hablaremos sobre un tipo particular de mujeres que presentan dificultades para relacionarse con los hombres: las histéricas. Una neurosis histérica puede sufrirla tanto un hombre como una mujer, (atención muchachos: no es que todas son histéricas), aunque en el consultorio uno se suele encontrar con más histéricas mujeres que hombres.

¡Cuán habitual es escuchar decir a un hombre que su mujer es “una hincha pelotas”!. Y ni hablar de: “¡Al final sos igual que tu vieja!”, compadeciendo a su suegro. Es cierto que las mujeres suelen ser molestas. Pero todo tiene una justificación…

Deseo de estar insatisfecha

Verónica y Felipe comenzaron un tratamiento de pareja debido a sus discusiones. Verónica: “Parecemos dos viejos. Ya ni planifica salidas con nuestros amigos, sólo quiere quedarse en casa viendo películas, un embole”. Felipe: “¡Me estoy quedando con ella. Si salgo con los pibes me reclama que hago la mía!”. Ella pide, y a la vez se queja de lo que le dan.

¿Qué le pide Verónica a Felipe? Freud descubrió que las mujeres que padecen de histeria van a pedir cosas que ya saben de antemano que el otro no les va a dar, y si se los llega a dar, van a desear otra cosa. Van a querer tener un deseo que no se satisfaga. Y es lo que le sucede a Verónica: en una sesión Felipe contaba que cuando salían con sus amigos, ella se quejaba de que no pasaban tiempo solos. Entonces los hombres dirán: “¡Y al final estas minas no saben ni ellas lo que quieren!”. Efectivamente. Pero lo que esconde su pedido es amor: demandan amor y su neurosis histérica hace que lo hagan de esa manera tan conflictiva, consiguiendo a veces todo lo contrario. Verónica, angustiada, planteaba que en ocasiones discuten y se olvida del motivo por el cual comenzaron a hacerlo. A veces en el afán de pedir, ni sabe lo que quiere.

Otro caso es el de Flavia. Ella dice estar cansada de ser la mamá de su novio: levanta todo lo que deja tirado, cocina y ordena; él no la ayuda en nada. Asegura que si no fuera porque ella se lo dice, él ni sacaría la basura.

Desde el psicoanálisis se entiende que las mujeres histéricas inconcientemente buscan en un hombre a un padre idealizado, a un “amo” para que les dé cosas, para amarlo y venerarlo. Pero como descubren que ese hombre no tiene nada de ideal, surge la insatisfacción que nunca será colmada… porque el ideal no existe. “El príncipe azul siempre destiñe”, admitió una histérica en sesión.

La mujer histérica nunca ve la imagen esperada cuando se mira al espejo. Si ella se ve gorda y su marido le dice que está flaca, se va a enojar porque le está mintiendo... pero si le dice que está “rellenita”: ¡ma – mita, la que se arma!.

Ellas sólo buscan al hombre perfecto para luego encontrarle una falla y no sentirse tan en falta. Y lo difícil es que se den cuenta de que son cómplices de lo que se quejan. Por ejemplo, de que Flavia generó las actitudes de su novio al tratarlo como si fuera su hijo.

“¿Qué pretende usted de mí?”

Las histéricas sienten que ellas son las que tienen la verdad, el saber. A diferencia de los hombres que suelen dudar sobre sus acciones, ellas sienten más seguridad para pelear por lo que quieren… aunque sólo peleen.

Es por esto que cuando los demás no hacen lo que ellas esperan, van a sentirse víctimas: “¡Nadie me entiende!”. Jaques Lacan señala que la mujer histérica siente que vive rodeada de un desorden del mundo, sin haberlo causado, teniendo que ser testigo de eso y sufrirlo sin poder modificarlo. Francisca: “Llevo 36 años de casada y siempre hice todo para mis hijos y mi marido. ¿Cuándo voy a poder vivir para mí?”. O la mujer que dice que su jefe la maltrata, pero no busca otro empleo. Algo a conseguir en un análisis es que estas mujeres puedan ver su complicidad en eso que las perturba para poder cambiarlo, en lugar de ver la falla sólo en el otro.

El sabor del saber

Pero hoy en día abundan las mujeres que se quejan de que “no hay hombres” o que “son todos iguales”. Están solas o con relaciones poco duraderas. Viven a la defensiva y consideran al juego con un hombre como perdido de antemano. Saben que el hombre ideal no existe, ¿entonces para qué gastarse en buscarlo?

Las histéricas se presentan con un saber acerca de cómo actuar con el otro sexo. Para ellas saber significa tener poder, y es a lo que aspiran. Desconfían: “Éste me va a chamuyar seguro”. Creen saber lo que está tramando el otro: “Yo no voy a entrar en su juego”. Pero ¿de qué se trata sino de animarse a jugar al juego del amor, donde las reglas no son claras y no se pierde ni se gana, sino que se participa?. Una mujer me decía en el consultorio: “Yo más que el gordo de navidad, me gané un gordo para cada navidad”. Pero se ganó a su gordo.

Entonces si no entran en el juego, es muy difícil que se puedan dejar tomar por un hombre, bajar la guardia y ser ese objeto que él desea. Porque para poder entregarse a un hombre, tendrían que admitir que hay algo que no saben, que no pueden todo y dejarse apoderar por él.

El trío con la otra mujer

Estas mujeres inconscientemente se preguntan por ese brillo que tiene la otra que atrae al hombre. Entonces cuando le demandan saber a dónde va o con quién está, quieren saber sobre eso que provoca el deseo en él. Quieren saber sobre la otra mujer y no sobre él. Una mujer histérica busca en la otra un modelo para responderse sobre lo que es ser una mujer. Necesita el fantasma de una tercera para poder relacionarse con su hombre. En la relación amorosa son tres como mínimo (lo lleven o no a la práctica).

Tal es el caso de las famosas “Botineras” que eligen a los jugadores de fútbol con su fama de mujeriego a cuestas. O las amantes de hombres casados que les reclaman el divorcio por años. Siempre en estos casos hay una tercera en juego.

A la histérica le gusta seducir y despertar el deseo en el otro, ya sea hombre o mujer. Están las famosas “calienta pavas que no se toman el mate”. Son aquellas que hacen desear al hombre pero para no entregar su cuerpo. Otros ejemplos de esto son la frigidez o los malestares somáticos que aquejan a algunas mujeres. Éstas, inconcientemente, hacen que el goce sexual no se lleve a cabo en su cuerpo.

Un caso paradigmático es la esposa que noche por medio le duele la cabeza. Freud ubicó este doble mensaje de la histérica que con una mano levanta la falda y con la otra la baja. Mientras que algunas quieren gozar, otras –histéricas‐ se conforman con ser algo para el otro. Necesitan que les lleven bombones, que las presenten en sociedad. Necesitan sentir que son un objeto preciado para ellos. Y les cuesta aceptar que los hombres se van a enamorar de ellas y a desearlas como objetos sexuales también: tetas, culos, piernas… pero sus tetas, sus partes del cuerpo con las que gozar. Así aman los hombres. Teresa decía: “Me voy a operar las tetas, ¡éstas son chiquitas!” Y Andrés acariciándola le respondió chistosamente: “¡Bueno, pero éstas dejámelas a mí!”.

Se trata de que la mujer pueda prestarse a ser eso con lo que goza el hombre y poder gozar ella también en el proceso, sin necesariamente sentirse desvalorada.

Si el amor se cae, todo alrededor se cae

Son muchas las mujeres que vienen a consultar por desengaños amorosos envueltas en llanto. Porque dejan de ser ese objeto preciado para el otro, entonces pierden su ser. Se quedan vacías. También están aquellas que no pueden estar solas, que rotan de novio en novio, porque si no son un objeto de amor para un hombre sienten que no son nada. Es por esto que se suelen preguntar: “¿qué soy yo para el otro?, ¿le hago falta?”.

A muchas les alcanza que su pareja les diga que las ama, aunque luego las maltrate. Y no se dan cuenta que con la misma intensidad que las aman, las aporrean. Entonces, ¿alcanza con ser un objeto preciado para un hombre o también es necesario poder gozar, sentir placer en esa relación?

Por otro lado, está la otra cara de la moneda. Las mujeres que van de hombre en hombre creyendo que sólo quieren gozar sexualmente, sin compromisos. Estas histéricas terminan igual de insatisfechas que las otras porque en verdad no se relacionan con ningún hombre, sólo con ellas mismas. Logran satisfacciones efímeras pero solas al fin, quedándose con una insatisfacción final.

Seducir, cautivar, sentirse un objeto valioso… Todo eso caracteriza a la histérica. Pero no se dirigen únicamente al hombre, sino hacia la otra mujer. Buscan saber cómo relacionarse con un hombre, y muchas veces el creer que se las saben todas hace que el chico se vaya corriendo. Está claro que cuando ellas puedan dejar de buscar la fórmula del amor (¡que no existe!), de preocuparse por valer más que la otra, aceptándose con sus propias fallas, van a poder gozar y ser deseadas. ¿O acaso alguien sabe cómo se es mujer?