Espectacularizar la tragedia y lo cotidiano: puesta en espejo de lo propio

Distintas formas de expresión y difusión emergidas en los últimos años ponen en discusión las categorías de público, privado e íntimo tal como se delimitaron clásicamente. Los reality shows, los llamados diarios íntimos virtuales; la creciente tendencia a la publicidad de aspectos tradicionalmente considerados de la esfera privada (por ejemplo, en los programas de “chimentos”) y, claro está, el fenómeno de las redes sociales.

Por Julián A. Ferreyra *

Se ha escrito y se sigue escribiendo acerca de este punto de ruptura generado por dichos medios, presentaciones y plataformas; punto de ruptura (seguido incluso de una conjunción a veces problemática) con las instituciones y formaciones clásicas, modernas, en donde se ubicaban límites a priori más delimitados entre el orden de lo público y lo privado. Instituciones y formas de presentación del ser que, en general, se conformaron en clave de apropiarse cierta esfera privada que se sustrajera del espacio público. Instituciones, medios y contextos que, a diferencia de las arriba mencionadas, circunscribían los aspectos de la vida íntima a la esfera privada. Distintas las primeras, decimos, en tanto empezaron a posibilitar algo inédito: lo más íntimo, tanto por su profundidad como por su cotidianidad-banalidad, comienza a tener un sentido y un valor (hasta mercantil) en la esfera pública.

Autores como Paula Sibilia, por ejemplo, se valen del concepto de extimidad para dar cuenta de estos fenómenos y maneras de subjetivación actuales (ver el libro La intimidad como espectáculo).

Ahora bien, aludiendo nuevamente al caso de la joven Ángeles Rawson nos preguntamos: ¿qué sucede cuando la publicidad de ciertos aspectos, sean con o sin consentimiento, involucra a niños y adolescentes? Una línea de sentido para pensar esto, y que puede hacerse extensible a otros episodios trágicos [y tragicamente mediáticos] como el caso Candela, se encuentra en el redoblamiento al problema que la concepción tutelar hacia los niños agrega. Tutelar es asumir y encarnar, no sin violencia, una posición idealizada de saber-poder sobre el otro, bajo un supuesto “bien”. Instituciones sociales como la locura, los pibes chorros o, en muchos casos, la niñez son objeto y foco [de las cámaras] de dichas prácticas. Y cuando ocurren estos casos paradigmáticos, de alto impacto social, en donde la violencia, la muerte y el horror se montan, la posición tutelar cobra un sentido hasta hace unos años inédito que avala la siguiente acción: hay que hacer de la tragedia un espectáculo.

Tutelar, cuidar al niño, incluiría el montaje ad hoc de imágenes, escenas, supuestos secretos, testimonios y relatos de su historia, reciente y no tanto; se torna “imprescindible” conocer sus actividades, sus amistades, alguna que otra “mala influencia”...siempre con la malicia de recortar algún punto conflictivo y “oscuro”, para sumarle condimentos a la función, a la obra, al espectáculo. Decimos que hay que volver lo cotidiano, o lo trágico-cotidiano, en algo espectacular. Espectáculo que nos espeje, es decir, que provoque el efecto angustioso del estilo “esto le puede pasar a cualquiera”, fruto de la identificación al hecho que nos cautivaría. Es incluso curioso: el neologismo espectacularizar es muy parecido a especularizar (en alusión a un espejo). ¿Realmente, es curioso?

Son los grupos arriba mencionados (la niñez, la locura, o también ciertos inmigrantes, etc.) analizadores sociales privilegiados, porque nos permiten dar cuenta, en su señalamiento, de lo rechazado y renegado por el conjunto (el famoso “no querer saber”); hacen las veces también, por decirlo de manera simple, de chivos expiatorios de la desidia y el malestar cultural.

No se trata sólo de que se haga público lo privado. No pasa por la mediación que un chisme o la simple curiosidad podrían implicar. De lo que se trata, y sobre todo involucrando a niños y adolescentes, es de configurar una proyección, una pantalla espejada en donde mirarnos, mirar lo propio renegado, sumamente atentos, incluso cómodos pero también “indignados”. Mirar, consumir [al otro, al distinto, a la pobre víctima] con la mirada. Mirarlo a fondo, a toda hora, apropiarnos de su singularidad para no hacernos cargo de la propia.

Cuando en estos días algunos se preguntaron acerca de porqué tanta importancia y, sobre todo, tanto interés y morbo por estas noticias podríamos arriesgar una idea: la efectividad recae en la operación de pasaje de un “no querer saber” a un “no querer perderse el espectáculo”. Y si se trata de hechos de violencia, violaciones o muerte con niños o adolescentes, sobre todo, nadie se lo va a querer perder.

No se trata de ubicar si la culpa la tienen los Medios, por transmitir a toda hora, o los tele videntes por demandar más y más morbosidad; cuando se trata de ubicar culpables es imposible no reducir una complejidad a la simplificación del “círculo vicioso”.

De lo que se trata es de asumir, responsablemente, lo propio proyectado en lo ajeno, al horror ajeno. Desde la responsabilidad, singular y colectiva, es posible replantear imperativos, posiciones tutelares y de poder hacia los demás. Se trata, así, de garantizar socialmente el derecho de los niños, sea cual fuera su situación, por construir y hacerse de un esfera privada ajena a la intervención e intromisión de los otros, que involucre también la posibilidad de tener y gozar de una intimidad. Lamentablemente esto se torna problemático en contextos comandados por intereses económicos espejados, también, en una supuesta vocación de servicio, actualidad periodística e información.

*Lic. en Psicología y docente (UBA) – Investigador en temáticas de intimidad en niños y adolescentes del Instituto de Investigaciones de Ciencias de la Educación (IICE), Facultad de Filosofía y Letras UBA.

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