Enojos

Por Patricia Méndez Torterolo y por Alejandro Urman

Enojarse no es sinónimo de pelearse. Ante escenarios de bronca o enfado, existen ciertos pasos a seguir para evitar las agresiones y resolver la situación que las generó. Dos psicólogos analizan el enojo y sus frustraciones, y cuentan qué hacer frente a este tipo de reacción.

Dicen que un monarca oriental encargó en una ocasión a sus sabios que inventaran una oración que estuviera siempre a la vista y que debiera ser cierta y apropiada en todo momento y situación. Le presentaron las siguientes palabras: “Y esto también pasará.” ¡Cuánto expresa! ¡Cuán aleccionador en el momento del orgullo! ¡Qué consuelo presenta cuando se está en el abismo de la aflicción”.

Fernanda viene a la sesión enojada con su jefe y con su trabajo.

Gustavo está enojado con su novia porque llega una hora tarde a la cita.

Mabel está enojada consigo misma porque no se sacó la nota esperada en el final.

Gonzalo está enojado con su amigo….

Muchos se acercan al consultorio para manifestar sus enojos a diferentes personas y/o situaciones. Cada enfado es diferente, hay de poca y de mucha intensidad y no todos surgen por las mismas cosas, aunque siempre tienen algo en común: traen malestar a su portador.

El enojo como ídolo de mí mismo

Distintas tradiciones filosóficas y religiosas recalcan la importancia de no hacer culto del ego. Budismo, filosofía zen, la doctrina judeo-cristiana y hasta el mismo psicoanálisis recalcan que el ego es algo a trabajar, “no creérsela”. De hecho estas doctrinas llegarán a preguntarse si el “yo” es realmente algo, ya que muchas veces puede confundirnos la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Lacan, psicoanalista francés, dirá que “el yo” es una función de desconocimiento. En el talmud, una parte de la biblia en la tradición hebrea, se explica que las letras que forman la palabra “yo” son las mismas que la palabras “nada”.

Sin embargo muchas veces ponemos nuestro ego por encima de todo y de todos. Así, cuando nos enojamos colocamos nuestro “yo/ego” por sobre todo, hacemos un ídolo de nuestro yo, nos inflamos, nos agrandamos, perdemos nuestra humildad ya que tomamos cualquier conducta o comentario como una agresión a nuestra persona “¿Cómo se atreve?”.

Es interesante que en el talmud se indica claramente que enojarse es hacer idolatría, o sea poner a nuestro ego como un falso dios al que todos deben arrodillarse y rendirle pleitesía.

Muchas veces en una terapia se trabaja la posibilidad de hacer un lado nuestro “yo”, las ideas que tenemos sobre nosotros mismos y los otros para lograr un contacto, más cercano, más humano, más real.

¿Qué hay detrás de un enojo?

Detrás del enojo suele haber frustraciones, dolor. Generalmente sucede cuando vemos fracasados nuestros objetivos.

El enojo tiene mucha fuerza, posee energía para resolver el obstáculo que lo frustra, pero cuando no logra canalizar adecuadamente esa energía, puede comenzar a lastimar y, en vez de resolver el problema, contribuye a generar más conflictos aún.

Cuando estamos fastidiados, aumenta nuestra fuerza física. Así, el hombre primitivo, al ver amenazado alguno de sus objetivos, lo resolvía con una confrontación cuerpo a cuerpo. Ante tal emoción, la respuesta fisiológica de su cuerpo, incrementaba su fuerza física para la lucha.

En la actualidad no necesitamos acrecentar nuestra fuerza para alcanzar nuestros objetivos, aunque los enojos y broncas existen igual. Lo importante sí es utilizar adecuadamente su fuerza, porque si no se lo expresa, o si se los retiene o si se convierte en una persecución vengativa, no resultará beneficioso para el que se enoja.

Los enfados o broncas pueden ser más o menos intensos, pueden ser recientes y hay casos en que persisten años. Muchas personas presentan dificultades para expresarlos, a veces lo asocian a una pelea, otras veces lo vivencian como “todo o nada”, en el sentido de que se debaten entre permanecer en silencio y/o temen perder el control de sí mismos en caso de hablar.

¿Cómo me des-enojo?

Es un aprendizaje y requiere ejercitación y trabajo poder canalizar el enojo de un modo adecuado, ponerlo en palabras, lograr que se convierta en algo que resuelve y no que nos dañe. Es decir que para que se convierta en algo resolutivo y nos permita expresarnos será necesario hacerle saber al otro qué sentimos a causa de lo que hizo, el impacto que nos generó. Es poder expresar en palabras el efecto que su acción generó en nosotros y también será importante señalarle una reparación posible, de qué modo puede evitarse esa situación para que no se repita en un futuro. Esta acción, permite fortalecernos, afirmarnos en lo que sentimos y pensamos.

Norberto Levy, médico psicoterapeuta argentino, expresó que es importante recordar que: “…el enojo no es un fin en sí mismo, sino en última instancia, un medio para resolver un problema…”

El enojo se convierte en un fin en sí mismo cuando nos alejamos del tema que lo provocó y sólo se termina queriendo herir a la persona que lo concibió. Así se corre el foco del desacuerdo que generó la bronca para castigar a la persona que nos irritó.

Expresar el enojo no tiene porqué ser algo descalificador, humillante, ni de castigo e insulto hacia los demás. Como tampoco tiene que ser una descarga física hacia otro.

¿Qué hago entonces con mi enojo?

Muchas veces les pregunto a mis pacientes de qué modo expresan sus enojos y su ira. ¿Son castigos hacia las personas que le hicieron daño?, ¿Gritan?, ¿Insultan?, ¿Planean estrategias de venganza?, ¿Los acumulan y retienen en el tiempo?, ¿Dan un portazo y se van?, ¿De eso no se habla?, ¿Potencian el castigo?, ¿Si me hiciste sufrir, ahora vas a pagar el doble?...

Entonces el enojo, en vez de resolver el problema, termina por agravarlo y a veces multiplicarlo. No sólo es importante cuánto se enojan, sino también de qué modo se enojan.

Por ejemplo, cuando Gustavo se irrita con su novia porque ella llega una hora tarde a la cita, reacciona vengándose y haciéndola esperar a ella la próxima vez y dejándola de lado en la elección de la salida a realizar. Ante tal situación pierden ambos, ya que las discusiones cotidianas pueden ir en aumento y la novia de Gustavo pasaría a ser un adversario a “castigar” por el enojo generado. Así no expresa el desacuerdo ni una propuesta para resolverlo.

Hay un mito a cuestionar y es que enojarse es sinónimo de pelearse. En una pelea, habrá un vencedor y un perdedor. En el enojo hay un problema a resolver. El primer paso por solucionarlo será describir, sin enjuiciar, aquello con lo que estamos en desacuerdo, aquello que nos frustra, cómo nos afecta eso y podamos expresar con claridad qué necesitamos para resolver la situación que generó el enojo.

Así Gustavo se enojó con la novia porque llegó tarde a la cita. Pero no se lo expresó y comenzó una especie de “batalla”, en vez de preguntarse: “¿Qué tendría que ocurrir ahora para que mi enojo cese?” y “¿Qué tendría que ocurrir para que no se repita en el futuro?”.

El que se enoja pierde

La opción más sana ante el enojo es aprender a expresar con claridad el punto de vista propio de cada uno y proponer una reparación, manifestar lo que se necesita para que el enojo cese y no se repita en el futuro. Será necesario ensayar las respuestas sanas ante los enfados las veces que sean necesarias, darle a la energía del enojo la determinación para trabajar sobre el desacuerdo que genera, sin necesidad de castigos, ni humillaciones, porque en definitiva el que se enoja pierde.

http://opinionsur.org.ar/joven/Enojos

Ilustración: Bárbara Dana