¿Cómo tratar nuestras fobias?

Por Alejandro Urman, Pablo Winokur

¿Qué son, cómo detectarlas y cómo se tratan? El caso particular de las fobias sociales. Opina el psicólogo Lisandro Frutos, especialista en trastornos de ansiedad.

Artículo sobre fobias publicado en la revista digital Opinión Sur Joven

"Comprame un barbijo”. “No, pero no te enteraste de que no sirven para nada y son contraproducentes”. “No importa, comprámelo igual, me da miedo salir a la calle sin eso”. OK. “Y necesito alcohol en gel y no se consigue, ¿qué hago? ¿no salgo a la calle?”. “No te preocupes pá, es lo mismo lavarse con jabón”. “No pero yo quiero alcohol en gel”…

Guantes, barbijos, gente que dejó de mandar a sus hijos a la escuela (antes de que decidieran tomarlo como medida preventiva generalizada), que dejó de salir de sus casas, que cambió sus hábitos de conducta… todo por una simple gripe. Con esto no se busca minimizar los efectos de la pandemia ni mucho menos cuestionar las medidas sanitarias que se tomaron al respecto en todo el país. Sin embargo, hubo personas que adquirieron casi una fobia, un sentimiento de que la gripe A podría atacarla en cualquier momento. Esa situación fue el disparador para la siguiente nota. ¿Qué son las fobias y cómo curarlas?

Una fobia es definida como un terror intenso ante una determinada situación. Un “temor irracional compulsivo”, a decir del diccionario. Ese miedo produce un aumento de los niveles de ansiedad, generando en la persona que lo padece distintos tipos de reacciones: temor a desmayarse, a morirse, agitación de la frecuencia cardíaca, sudoración, problemas en la respiración, agitación, hormigueos… eso a su vez hace que la persona evite el objeto o situación que le provoca esa situación displacentera. Y así se crea un círculo vicioso.

“La ansiedad es una reacción normal de los seres vivos que es saludable ante determinadas circunstancias. Cuando esos niveles son muy altos, empiezan a afectarlo de manera significativa en su desarrollo cotidiano”, explica Lisandro Frutos, psicólogo especializado en trastornos de ansiedad de la Fundación Aigle, un instituto de investigación de psicoterapias, de orientación cognitiva-integrativa.

Según lo que explica, siempre el ser humano tiene que sentir ansiedad ante determinados estímulos. Es eso lo que nos permite reaccionar adecuadamente ante situaciones de peligro o de tensión. El problema en los fóbicos es que el temor y ansiedad son exagerados.

Pero si todos tenemos miedos a diferentes cosas, ¿cómo verificar si eso es una fobia o merece ser tratado? “No es algo cuantificable, pero podemos verlo desde lo cualitativo. Es la persona la que define si es alto o no, según si le afecta en el trabajo, en su vida social o en algún aspecto de la vida cotidiana. Si el nivel de ansiedad le es disfuncional, ahí amerita un tratamiento. Hay que explorar qué grado de malestar le provoca esto. Lo que se trata es de trabajar con estas cuestiones”, asegura Frutos.

Existen distintos tipos de fobias. Los dos grandes grupos son las sociales y las específicas. Estas últimas se dividen en “animales” (ejemplo, miedo a los perros, gatos, etc.), “situaciones naturales” (tormentas, noche, precipicios), situacionales (viajar en subte, avión, pasar por túneles) u “otras” (miedo a caerse, vomitar, etc.).

En cuanto a la fobia social, tal vez es el fenómeno más complejo de entender. Frutos explica: “Es el temor a ser evaluado por los otros de forma negativa. A raíz de eso lo que se desencadena es una rutina de evitación en distintas áreas. Pero en las circunstancias en que esto no se produce, existe también un sufrimiento muy alto”. Se puede dar en situaciones como hablar en público, comer en reuniones sociales, encarar a una persona del sexo opuesto, ir a trabajar, hablar con el jefe… a cada uno este trastorno le puede aparecer de manera diferente.

Sea por social o específica, siempre se habla de fobia cuando tiene un significado para la persona. “Por ejemplo, tenerle miedo a los tiburones, si no te afecta a ningún área de tu vida, es una fobia que tal vez no vale la pena tratar”, sostiene Frutos.

Uno de los casos más famosos de fobia es el del pequeño Hans descripto por el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud. Hans, un niño vienes de principio de siglo, tenía fobia a los caballos. Por ese entonces, este animal era el mayor medio de transporte y era imposible no encontrarse uno por la calle. Ahora bien, si un nene que vive en una ciudad actual tiene fobia a los caballos, ¿vale la pena someterlo a un tratamiento si no le trae dificultades importantes? La mayoría de los psicólogos dirían que no.

En síntesis, las fobias, como todos los trastornos mentales, tienen un fuerte componente contextual y socio histórico. Seguramente hace 100 años existían más miedos a los caballos; mientras que hoy se multiplican las consultas por fobias a ascensores o espacios cerrados.

Para este tipo de patologías no existe edad ni sexo. Aunque se estima que se producen más en los jóvenes que abandonan la adolescencia y están en tránsito a su plena adultez.

En el caso de los chicos, es importante no confundir los miedos lógicos que se producen a su edad con una fobia. Por eso, se dice que para poder ser diagnosticado como tal deben pasar al menos seis meses con ese temor persistente. Y el diagnóstico debe ser hecho por un profesional de la salud mental.

¿Cuál es el tratamiento para un caso de fobia? Las distintas corrientes terapéuticas pueden sugerir abordajes diferentes para encarar los tratamientos. En Buenos Aires, la mayoría de los psicólogos tienen formación psicoanalítica. Bajo esta teoría, la fobia es producto de un conflicto psíquico con bases en la historia del sujeto y de su sexualidad (en el sentido amplio del término). Los miedos están profundamente arraigados en la constelación psíquica del paciente, que puede ser tratada con el método psicoanalítico, popularizado con el ícono del diván. La fobia no necesariamente es el motivo de consulta del paciente.

En el caso de Frutos, que sigue una orientación cognitiva, se basa fundamentalmente en pacientes con fobias graves y se trabaja con sus creencias. Se empieza con algunas sesiones de “psicoeducación”, tratando de mostrarle a la persona cómo funciona su patología, para que sepa qué reacciones generales suelen darse.

Por ejemplo, en los casos de fobia social, el paciente tiene una representación mental de lo que los otros piensan de él: cree que los demás esperan un alto rendimiento de él y tiene una representación de sí mismo por debajo del estándar. “Hay una comparación de estas dos representaciones y esa distancia suele vivirse con mucho dolor. Esto activa distintos síntomas psicológicos que lo van a poner peor de lo que está”, explica Frutos, quien agrega: “La idea es que a partir de una mayor comprensión de lo que le pasa pueda desarrollar recursos para enfrentar el problema”. En síntesis, si uno sabe cómo se mueve “el enemigo”, seguramente tendrá más herramientas para vencerlo.

En una segunda etapa se empieza a buscar “flexibilizar las creencias del paciente”. ¿Qué significa esto? Se intenta ver primero ante qué cosas tiene miedos. Imaginemos a una persona que le tiene temor a los perros. ¿Es a todos los perros o a algunos? ¿En qué situaciones? ¿Lo altera también una foto o un video? ¿Qué es lo que siente que puede ser lo peor que puede pasarle con un perro? ¿Qué es lo mejor?

A partir de ese diagnóstico se intenta encontrar grises y exponerlos ante algunas situaciones. “No se les pide que vayan todos los días al trabajo, lo que podría generar el efecto contrario. Pero vamos midiendo la intensidad de malestar que le provoca y tratamos de que se vaya aproximando”, cuenta Frutos. “Esto, además, consolida la relación terapéutica en la medida que el paciente va viendo resultados favorables. Y eso facilita el camino para futuros cambios”.

Los resultados son visibles y en poco tiempo es posible cambiar un montón de actitudes. El tema es enfrentar los miedos e impedir que nos paralicen. Y si no podemos hacerlo solos, bien vale consultar a un especialista que nos acompañe durante este proceso.

Ilustración: Hernán Pitarqué