Carta abierta a mis colegas

Por Alejandro Urman

¿Alguna vez tuvieron uno de esos días en que se preguntan para qué cuernos elegí esta profesión? Por qué no elegí, ser administrador de empresas, analista en sistemas o plomero? ¿Vos sabés lo que gana un plomero? No te sentiste el más nabo de tus amigos por trabajar gratis en un hospital, mientras ellos en sus empresas además de sus abultados sueldos en blanco les regalaban pasajes, plasmas y miles de beneficios que jamás tendrás?

Si claro que tuviste ese dia. Lo tuviste varias veces. Estoy seguro. ¿Cómo lo sé? Porque a mí también me paso. Me pasa cada tanto, cada vez menos. Pero déjame decirte algo:

Nuestra profesión tiene que ver con un término que ya no se usa tanto. Ese término que tal vez te suene un poco anacrónico es “dignidad”. Porque nuestro trabajo es tratar a las personas: ¡Como personas! Nuestro trabajo es interesarnos por ellos. Por lo que les pasa. Por lo que son. Para nosotros no son “usuario”. No son “clientes”. No son “un hígado”, “no son el del 4C”, ni nada de eso. Para nosotros son sujetos. Nosotros le devolvemos algo de la humanidad que a veces nuestro contexto aliena. Nos pagan por tratar a las personas: ¡Como personas! ¡Y por interesarnos en ellas! ¿No es un poco loco?

Y a veces, si la situación se da y estamos lo suficientemente lúcidos podemos ver sus deseos, sus anhelos, podemos ver su inconsciente, sus patrones de conducta, sus relaciones, sus reacciones y podremos acompañarlos en este momento donde algo no anda tal vez como ellos querrían.

Posiblemente haya cosas que no comparta con ustedes colegas, pero hay algo que siempre me “ponen la tapa”. Realmente se interesan por el paciente que tienen enfrente. Esto es así. Si claro, nos podemos equivocar pero generalmente veo en mis colegas una gran dedicación, una gran vocación.

¡Tenemos una profesión hermosa! Hay que decirlo: Si es muy difícil a veces, la realidad del país, el monotributo, los costos, tener tu consultorio, tener trabajo. No es fácil. Pero lo sabes: Vale la pena

Ahora estas en tus veinte, treinta, cuarenti, cincuenti y pico y te das cuenta que tenés que reelegir a esta hermosa profesión. No es lo mismo que tu primer día que empezaste en la facu con tus tiernos diecipico y mamá y papá te ayudaban. Ahora te llegan las expensas y al administrador de consorcios no le importa si este mes se te cayeron un par de pacientes.

Vale la pena, te lo repito. Hacemos un trabajo que antes lo hacían los chamanes, los curas, los rabinos, los médicos, los abogados y ahora lo hacemos nosotros. Venimos de una larga tradición de estar para un otro. Teorías de Viena, de París, de Palo Alto de New York de Buenos Aires de Toronto, Zurcich están en nuestra cabeza a la hora de actuar.

Nosotros podemos.

Nosotros nos metemos donde los demás huyen, se escapan, no saben qué hacer. Le ponemos el cuerpo al dolor, al goce de ese otro que en nosotros confía.

Cada tanto podras escuchar un “gracias” no lo había “pensado asi”, “me sirvió mucho lo que trabajamos el otro dia”, podrás ver en sus caras haber descubierto algo de ellos mismos. Podrás ver en sus lágrimas una confesión que no pensaban hacer o que no habían hecho a nadie antes.

Estoy cansado, tengo hambre. Florencia la última paciente del día toca el timbre. Pienso mientras voy a la puerta en la sesión de la última vez. Ya no quiero ser analista en sistemas, no quiero ser plomero. No cambiaría por nada lo que hago. Estoy orgulloso de lo que soy y hago. Lo reelijo una y mil veces. Estoy ahí y de repente todo vale la pena.