Autismo

Por Cynthia Zylbersziajn

Etimológicamente, el término autismo proviene de la palabra griega eaftismos, cuyo significado es “encerrado en uno mismo”, y su introducción en el campo de la psicopatología fue Bleuler que utiliza el vocablo autismo para definir uno de los síntomas patognomónicos de la esquizofrenia.

Para Bleuler, el síntoma autista consiste en una separación de la realidad externa, concomitante a una exacerbación patológica de la vida interior.

De este modo, la persona que padece esquizofrenia (y siempre según Bleuler) reacciona muy débilmente a los estímulos del entorno, que además es percibido con animadversión. En la mayoría de casos, el objetivo de esta conducta es no perder la concentración en las fantasías internas, pero en algunos enfermos este aislamiento sirve para frenar un aumento de las emociones.

La ruptura mental con el exterior no es absoluta, de manera que la conciencia en relación con hechos cotidianos puede estar relativamente bien conservada, y sólo en los casos más severos de estupor observamos un aislamiento absoluto.

Pero Bleuler va más allá en la definición del “síntoma autista”, y en la misma obra desarrolla el concepto de “pensamiento autista” que, según él, tiene su origen en la fragmentación esquizofrénica de la mente. Según Bleuler este tipo de pensamiento se caracteriza por estar dirigido por las necesidades afectivas del sujeto y por su contenido fundamentalmente simbólico, analógico, fragmentado y de asociaciones accidentales. La realidad objetiva es substituida normalmente por alucinaciones y el paciente percibe su mundo “fantasioso” como real y la realidad como una ilusión.

Leo Kanner (1943) en el que se exponía la descripción inicial del síndrome autista. En este escrito se describían once casos (ocho niños y tres niñas) que, con independencia de sus diferencias interindividuales, presentaban una “serie de características esenciales comunes”, concretándose la alteración patognomónica fundamental en la “incapacidad para relacionarse normalmente, desde un principio, con personas y situaciones.

El síndrome o trastorno de Asperger es un trastorno que forma parte del espectro de trastornos autísticos. Se encuadra dentro de los trastornos generalizados del desarrollo (DSM-IV). El término fue utilizado por primera vez por Lorna Wing en 1981 en un periódico médico, bautizándolo en honor a Hans Asperger, un psiquiatra y pediatra austriaco cuyo trabajo no fue reconocido internacionalmente hasta la década de 1990. Fue reconocido por primera vez en el Manual Estadístico de Diagnóstico de Trastornos Mentales en su cuarta edición en 1994 (DSM-IV).

Rasgos clínicos del Síndrome de Asperger

Rasgos clínicos de la “psicopatía autística” según Hans Asperger

• El trastorno comienza a manifestarse alrededor del tercer año de vida del niño o, en ocasiones, a una edad más avanzada.

• El desarrollo lingüístico del niño (gramática y sintaxis) es adecuado y con frecuencia avanzado.

• Existen deficiencias graves con respecto a la comunicación pragmática o uso social del lenguaje.

• A menudo se observa un retraso en el desarrollo motor y una torpeza en la coordinación motriz.

• Trastorno de la interacción social: incapacidad para la reciprocidad social y emocional.

• Trastorno de la comunicación no verbal.

• Desarrollo de comportamientos repetitivos e intereses obsesivos de naturaleza idiosincrásica.

• Desarrollo de estrategias cognitivas sofisticadas y pensamientos originales.

• Pronóstico positivo con posibilidades altas de integración en la sociedad.

En el consultorio muchas veces escuche decir a los padres que estaban contentos por tener un diagnostico, que eso los tranquilizaba. Muchos son los casos que se presentan como Asperger. Pero hay que poder ver mas allá del diagnostico, poder despegar al niño de eso, porque ahí hay un sujeto en espera.

En estas patologías, hay una manifestación automática del lenguaje, allí donde falta el anudamiento que detenga lo expansivo. Estos chicos hablan pero no quieren decir nada, son palabras desabitadas de subjetividad. Son palabras que no parecen estar dirigidas a Otro y que no esperan ser respuestas. Tienen un lenguaje automático sin direccionalidad, sin articulación de la demanda. Dicha articulación supone un par: uno de donde salir y otro hacia donde volver. El Lenguaje en tanto funcionamiento simbólico opera, pero sin embargo no es suficiente para que se articule la significación fálica, ni se enlace con lo imaginario. La relación del sujeto a la palabra no opera.

Lo fónico de la palabra no esta ligado a un decir, no hay articulación de unas con otras. La palabra condensa un pleno de significación, que impide la polisemia propia de la palabra, la pluralidad de significados. Ej.: un día dije vamos a jugar al ahorcado y uno de los se tomó el cuello.

Otras de las características de este tipo de lenguaje es la “Ecolalia” como una mera repetición mecánica, reproducción de expresiones verbales, carentes de subjetividad. Reproducen frases que escucharon en la tele o que dijeron otros, y las repiten con la misma tonalidad. Pero esto no tiene que ver con la imitación, ya que en la imitación esta presente la dimensión de otro. Condición que no se da en estos casos. Por lo tanto estas manifestaciones son llamadas Manifestaciones miméticas.

Hay que tratar de ver de que manera instaurar la barrera que funda la posibilidad de significar. A veces el analista se sirve el mismo como barrera poniendo muchas veces el cuerpo.

El cuerpo pasa a ser una entidad fragmentada. No tiene consciencia de los límites de sí mismo. De ahí esa enorme susceptibilidad ante la alteración del entorno puesto lo vive como una constante agresión.

El hecho de no poder acceder a la simbolización, hace que el autista sienta su cuerpo como algo indiferenciado del resto de las cosas. Siente su cuerpo fragmentado como si no formase parte de él, e incluso considera lo contrario, es decir, que una agresión a un objeto aparentemente ajeno a él la toma como propia. Por otro lado, no disponer de referentes para designar a las cosas hace que tiendan a detenerse en las partes o fragmentos que las forman antes que en el propio objeto en sí. Se podría pensar que ese cuerpo es fragmentado porque no opero la significación fálica. Es en este lugar de objeto a donde el autista se aloja, en cuanto cuerpo encarnado de la metonimia del Otro, ya que la metáfora no tuvo lugar. Donde lo simbólico no inscribió su trazo, el imaginario desatado, no conforma el cuerpo, que permanece fijado en lo real de las pulsiones.

Bibliografía

- Di Vita, Liliana y otros. “Interrogar el autismo, hacer espacio del lenguaje”. Ediciones del Cifrado. Buenos Aires, 2008.

- Lacan Seminario IX. Lección del 10 de junio de 1964

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