Animarse a confiar

Por María Belén Fontela Vázquez

Es sabido que existe una gran variedad de dinámicas familiares. Lo que resulta impactante es cómo el modo de ser de los padres repercute en los hijos. Cómo los miedos, las ansiedades de los mayores generan consecuencias en los chicos.

Hay una gran diferencia entre una madre que confía en su hijo, que lo apoya a que se maneje de forma independiente (en la manera de lo posible), a una madre constantemente ansiosa, preocupada, miedosa y, sobretodo, que no le brinda confianza a su hijo.

La confianza es una herramienta fundamental para que los chicos puedan plantarse frente a la vida, para poder manejar sus situaciones cotidianas desde un lugar con más entereza.

Dándoles confianza, se les da seguridad a la hora de tomar decisiones, de elegir. Y aún más positivo resulta transmitirles que toda decisión no necesariamente es la adecuada, pero sí permite adquirir experiencia, aprendizaje y que se puede volver a comenzar.

No se nace sabiendo cómo ser padre, es también un aprendizaje constante. Es cuestión de ir acomodándose a la realidad de cada hijo, con cierta cautela, dándoles herramientas y potenciándolos. Dejándolos ser, siempre con un sesgo de protección, pero recordando que todos fuimos chicos, todos nos equivocamos, pero si hay un entorno contenedor, el resultado tiene altas probabilidades de ser positivo. La cuestión está en que los chicos se animen a conocer, a experimentar por sus propios medios.

Donald Winnicott, un psicoanalista inglés muy prestigioso, planteó entre otros conceptos la noción del “madre suficientemente buena”. Esta noción, a grandes rasgos, plantea lo necesario del rol de la madre como primer espacio de sostén, de cuidado, de ilusión, de protección del bebé, para luego de algún modo comenzar a desilusionarlo y así vaya adentrándose en cómo es en realidad la vida, el mundo. No desde un lugar de abandono, sino de ir midiendo sus respuestas a las demandas del niño, para que así se adapte al mundo real, donde no todo resulta fácil y “al alcance de la mano”.

Además se logra que el niño perciba que debe ir más allá de su entorno más cercano, para conseguir lo que desea. Es así que se lo impulsa a crear de a poco redes exogámicas. Esto es fundamental que se mantenga cuando los chicos crecen, especialmente en la adolescencia, donde es muy importante el rol de los padres no como inhibidores sino como impulsores, incentivadores de que sus hijos entablen vínculos extrafamiliares.

No se puede ser un padre perfecto, sin equivocaciones, ni tampoco es conveniente un padre ausente. Logrando un punto medio, ser “suficientemente bueno”, el chico sabe que cuenta con sus padres, que son sus primeros referentes, pero deberá construir por sí sólo su porvenir, su camino.

Si hay una base familiar contenedora y que genera confianza, es muy probable que se desarrolle un chico seguro y confiado a la hora de adentrarse al mundo social. Si algo no sale como “lo esperado” siempre estará su contexto familiar para acompañarlo e incentivarlo a que lo vuelva a intentar.

Artículo publicado el 05 de agosto de 2013 en Opinión Sur Joven.

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