¿A dónde vamos sino queremos envejecer?

Por Maria Victoria Morbelli

¿Hay algo más natural que el paso del tiempo y de los años? ¿Qué hace entonces que nadie quiera anotarse en esa carrera, que mediante cremas, lifting, pociones mágicas las personas se empecinen es desnaturalizar una etapa más de la vida?

Hay dos factores que influyen en cómo concebimos el hecho de envejecer. Por un lado hay un fuerte Imaginario Social que se caracteriza por descalificar la etapa de la vejez, encasillando a los senescentes como enfermos, pasivos, asexuados. Por el otro, circula información contradictoria acentuando en nuestra sociedad una serie de mitos que no hacen más que instalar la visión de la tercera edad como una etapa asociada a perdidas, duelos, déficits, etc.

Cabe preguntarnos entonces en primera medida que es un imaginario social. Leopoldo Salvareza (1998) plantea al respecto en su libro “La vejez”, “…tenemos que considerar al imaginario social como una construcción colectiva, más o menos arraigada en vastos sectores sociales pero no en todos, y dentro del cual tienen un lugar preponderante los prejuicios, es decir aquella categoría de pensamientos y/o creencias que no han sido adecuadamente procesadas a partir de conocimientos científicamente comprobables”.1

Salvareza plantea que en relación a la vejez, el imaginario se construye sobre la base de la polaridad Joven-Viejo con todas las consecuencias sociales del viejismo en la cual desemboca y que comienza por hacer condición necesaria para amar y ser amado ser un individuo joven.

Esta concepción le niega al geronte esa posibilidad y lo ubica en un lugar impuesto más por la mirada del Otro (la familia, los ciudadanos, las instituciones) que por él mismo. Sin embargo, él no puede quedar ajeno a esta mirada, teniendo todo esto inevitablemente una repercusión en su subjetividad. El senescente llega a concebirse él mismo como un sujeto pasivo, atrofiado, enfermo, se concibe un “viejo verde” en la medida que siente deseos de amor, de tocar y ser tocado, de besar y ser besado.

Los valores positivos solo son atribuibles a la juventud, a los ancianos solo les resta conformarse con virtudes que si bien son valoradas no dejan de ser pasivas, como puede ser por ejemplo, la sabiduría. Es como si se le dijese al anciano “Acá tienes todo tu sabiduría y experiencia, pues no hagas nada con ellas”.

Cuando un individuo llega a viejo, su imaginario con respecto a los temas relacionados con la vejez estará constituido por un “efecto cascada” producto de la asunción de determinadas conductas resultantes de la configuración de su estructura de personalidad previa (Salvareza, 1998) .Para ello habrá que tener en cuenta:

(a) Las “profecías auto cumplidas”, es decir, el hecho de que el viejo antes de llegar a esta etapa haya mantenido una actitud prejuiciosa y discriminatoria hacia la vejez. Queda atrapado así como victima de sus propios prejuicios.

(b) Esto mismo lo llevará a tener una actitud de desconocimiento de lo que es la vejez, una relación de ajenidad con la misma.

A este problema se suma que la gran mayoría de los profesionales de la salud participan, consciente o inconscientemente, de la conducta social viejista y suelen están desinformados con respecto a las necesidades, los deseos, las angustias y las expectativas de los viejos. Esta desinformación los lleva a confundir permanentemente enfermedad con vejez con los graves perjuicios que eso conlleva para sus pacientes (Salvareza, 1998).

El vocabulario que se volvió frecuente entre los médicos para designar la particularidad de la vejez incluía términos tales como “debilitamiento”, “alteración”, “atrofia”, “degeneración”, “lesión”, etc.

Desde la medicina moderna el cuerpo del viejo comenzó a ser caracterizado entonces a partir de su desgaste y su disminución energética.

Por otra parte, el pensamiento natalista propio del siglo XIX, que consideraba el desarrollo de la especie como un punto central, conformo una visión de la vejez como una amenaza a los ideales civilizatorios, ya que consideraba esta etapa como poco útil, como un gasto social. En este sentido, la senectud fue asociada a la incapacidad, al deterioro y a la presencia de la muerte en el propio cuerpo (Iacub, 2006)

Nuestra sociedad, que sustenta valores orientados a la fuerza, la agilidad para el éxito y la conquista de bienes materiales, presenta a la vejez más como una suerte de desecho, en la medida que se han perdido todos esos valores.

El concepto de lo productivo asociado a juventud que domina la política y el imaginario social, conlleva a una idea de cuerpo, de belleza y de salud. Todo aquello que aleje a los individuos de la potencia física y material es considerado una enfermedad y por tanto, medicado.

Este modelo es además, intensamente fomentado por los medios de comunicación. Las personas mayores que no pueden cumplir con este mandato social viven bajo la amenaza de ser excluidos del sistema.

En cada cultura se construye y se transmite una imagen de los adultos mayores, junto con la asignación de un papel. En nuestra sociedad esta imagen se centra en el déficit y en la incapacidad, limitando y empobreciendo la perspectiva de vida de este grupo.

En este sentido cabe preguntarnos qué significa envejecer en nuestra sociedad, y como los estereotipos que construimos y de los que participamos definen el modo en que concebimos a los ancianos, tanto en la salud, como en la enfermedad

La remoción de mitos y prejuicios equivocados sobre estos aspectos podrían permitir grandes logros en el mejoramiento de la calidad de vida de las personas de tercera edad. .

La vejez es una etapa más de la vida por la cual todos debemos atravesar. Es tarea tanto de los profesionales de la salud, como de la sociedad en general, abrir el panorama que se tiene en relación a los gerontes. Todavía los senescentes, contrario a lo que se considera, tienen la suficiente fortaleza e integridad como para luchar contra todo el peso de una sociedad que los margina.

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Bibliografía:

• Iacub, Ricardo. (2006) “Erótica y Vejez. Perspectivas de occidente”. Bs. As. Ed. Paidos.

• Salvareza, L. (1998) “La Vejez. Una mirada gerontológica actual”. Salvareza (compilador) Bs.As. Ed. Paidos.

• Pérgola, F. (2004). La sexualidad en la Senescencia. Revista de la Asociación Medica Argentina. 117 (2) 34-39.

• Mannoni, M. (1991). Lo nombrado y lo innombrable. La ultima palabra de la vida. Bs. As. Ediciones Nueva Visión.

• Rolla, E. H. (1991).Senescencia. Ensayos psicoanalíticos sobre la tercera edad. Bs. As. Editorial Galerna

• Freud, S. (1904 [1903]). El método psicoanalítico de Freud. Obras Completas. Tomo VII. Bs. As. (2007) Amorrortu Ediciones.

• Freud, S. (1905 [1904]). Sobre Psicoterapia. Obras Completas. Tomo VII. (2007). Bs. As. Amorrortu Ediciones